Las hormigas

a002031469-001

S. Solís

El chico es escritor independiente. Free lance. Hace un par años publicó unos cuentos que le dieron cierto prestigio y ahora escribe su primera novela. En realidad no tiene mucho éxito. Pasa por una etapa improductiva: desde hace seis meses no escribe. Apenas pedazos de papel con subtramas y diálogos que más que ser un mapa, son pensamientos random faltos de coraje. La evidencia de su desidia.

Cuando el chico notó que ya no tenía dinero, que las pocas regalías se habían extinguido, se propuso realizar un cambio. No podía perder más tiempo. Tenía que alejarse de lo que había funcionado hasta entonces.

El plan era simple: conseguir un lugar fuera de su círculo social, comprar los víveres necesarios para evitar salir y ponerse a escribir. Escribir sin pensar. Escribir sin pretensiones literarias. Escribir por reflejo. Después vendría el Arte. Primero necesitaba estructura, algo concreto que pudiera destruir.

Al chico le gustaban los lugares antiguos. Habitaciones dañadas que se mantenía en pie. Vestigios. Heridas pasadas. Lugares vulnerados. Esa clase de mierda romántica que se supone debía inspirar. Cuando consiguió una habitación de este tipo tomó la computadora, una maleta con ropa, compró víveres y se mudó. El cuarto estaba en el último piso de un edificio con forma de torre. Había una ventana en el rellano de la escalera que daba al edificio contiguo. La ventana quedaba justo a la salida del cuarto.

La primera semana se terminaron las provisiones. No quedaba nada. Ni una lata, ni un sobre de azúcar. El chico no podía darse el lujo de salir por más. Tenía que escribir. Entonces recordó la historia de un pintor europeo de la posguerra que produjo muchas de sus obras bajo alucinaciones provocadas por el hambre. El tipo solo comía cosas rancias y bebía hasta perder el sentido. Pintaba abstracciones parecidas a bacterias, parásitos y muerte en óleo y acuarela. Falleció antes de los cuarenta.

Esa noche el chico intentó escribir. Después de un lapso corto se detuvo. Algo en el ambiente le impedía continuar. Se paró y fue al lavarse la cara. Los platos sucios se repartían por todo el cuarto. A veces se tropezaba con latas en el piso. Había fruta podrida y colillas en las repisas. Y a un lado de la parrilla unas moscas dormían. Tras observar el cuarto en su totalidad, lleno de basura y tristeza, el chico tomó la computadora y se puso a ello.

Cuando la narración comenzaba a tomar ritmo, un plato blanco con migajas lo distrajo de nuevo. De primera instancia se fijó únicamente en la claridad del plato pero cuando observó con mayor detenimiento, notó que por el plato se paseaba una hormiga. Sonrío al ver el contraste que el pequeño punto negro hacía sobre la superficie blanca.

Decidió no molestarla y continuó escribiendo. Probablemente no se encontraba en su estado más lúcido. No había comido en días pero ahora eso no importaba porque tenía que escribir. Entonces tecleó un par de diálogos que sucedían en un autocinema. Había una mujer y un hombre metiéndose cocaína mientras veían Casablanca. Cuando llegó a la mitad del diálogo, notó que una letra se movía de su lugar. Hizo zoom sobre la pantalla y vio que lo que en realidad se movía no era una letra sino una hormiga. Una hormiga más pequeña de lo normal.

El chico no la quitó de la pantalla. Se quedó observando sus leves movimientos hasta que de repente otra hormiga se incorporó sobre la pantalla. Esta hormiga, a su vez, fue seguida por un par más y con ellas otro par. De ambos lados las hormigas fueron llegando a la pantalla. Se movían con ímpetu en un baile preciso. Cuando las hormigas se detuvieron, el chico llevó el cursor a ellas. Al pasar el cursor por debajo, observó algo distinto. Las hormigas, detenidas sobre el monitor, formulaban una palabra como continuación del último párrafo.

Sin pensarlo mucho, el chico escribió delante de las hormigas. La formación era una palabra normal. Nada extravagante. Nada revelador. Pero que al momento de seguirla, desató en el chico una serie de puntos y palabras que terminaron en 15 páginas de narrativa sólida. Los párrafos que antes parecían vacíos ahora eran líneas de violencia y ritmo que atravesaban la pantalla. Nada de paja verbal. Lo que escribió en ese momento era lo mejor que había escrito desde hace tiempo.

Después de escribir los ojos le ardían. Cuando dejó de teclear, las hormigas se movieron ahuyentadas. Ninguna en la misma dirección. Entonces el chico se paró de la silla y fue con ellas. Con el cuerpo en cuclillas y a paso pequeño, fue siguiéndolas hasta la puerta de salida. Sin hacer ruido, la abrió y se quedó mirando. Era de noche y apenas se distinguía la diferencia tonal entre los pequeños puntos negros y el oscuro piso de madera.

Las hormigas treparon por la pared del rellano y huyeron por la ventana. Todas sin excepción fueron al otro edificio y se perdieron en la oscuridad. El chico sonrío tristemente y regresó a su cuarto. Durmió hasta el día siguiente. Era sábado.

 @esesolis

Lo único que puedes hacer cuando caes

Ernest Vail

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

1

En la realidad, él pregunta:

—¿Qué veías?

Cuando digo “él” me refiero a S., no a Thom Yorke. A Thom Yorke solamente lo escucho en mi cabeza.

Así que cuando digo que “él” me pregunta algo me refiero a que S. me hace una pregunta, la cual escucho lejana, como si él estuviera muerto y me estuviera gritando desde otro planeta. Pero no está muerto. Está junto a mí, ambos mirando la ciudad fea y despiadada pero a la vez adictiva y de algún modo seductora desde la ventana de un departamento del piso trece de un edificio viejo, o sea un edificio con historia, y desde este piso trece la altura resulta intimidante pero a la vez tentadora. El caso es que está amaneciendo y ambos miramos hacia una mañana que no es distinta de otras mañanas, ambos bajo un cielo que es el mismo cielo que en otras del mundo. Aunque tampoco es que conozca muchas partes del mundo.

—No veía nada —le digo—. Había empezado con cerveza y debí quedarme ahí porque la cerveza es segura, la cerveza es algo que puedes controlar. El problema es que después empecé a mezclar cerveza y whisky y durante un rato me sentí francamente bien. Luego llegó el tequila y la verdad es que para mí el tequila es la muerte. Esos vasos cortos bebidos de un trago te rompen el equilibrio. Así que no veía nada. Trataba de ponerme de pie pero no lo conseguía. Y notaba cómo me caía la sangre por la cara, me había abierto una ceja al caer, estaba tirado en la calle con una ceja rota y toda esa sangre en la cara y todo estaba oscuro aunque supongo que ya estaba amaneciendo.

—Muy jodido todo —dice él—.

—Sí.

Lo primero que quiero decir es que S. es una especie de amigo. Algo así. ¿Pero significa algo eso? Me refiero a un significado real. Supongo que no.

En cualquier caso, en mi cabeza Thom Yorke ahora dice:

2

Llamé a S. porque puede entender las palabras que salen de mi boca. Interpretarlas. Sabe que lo que digo no es lo que quiero decir. Lo llamé porque puede sacar conclusiones. Y también porque vive cerca y viene cuando se lo pido. Y porque puede conseguir hierba y pastillas rojas y polvo blanco.

—Pero de alguna manera me sentía muy bien —le digo—. Estaba en el suelo pero mi cabeza seguía funcionando perfectamente y pensaba en viajar a Milán porque ahí es donde estaba ella y hubo un tiempo en que ambos habíamos hablado mucho de Milán y de la posibilidad de pasar allí algún tiempo. Pensaba en que ella se había ido y yo seguía ahí y estaba tirado en la calle sangrando y pensando al mismo tiempo en Milán más de lo que nunca había pensado en eso y me sentía bien. Como si estuviera en medio de una canción.

—¿Y qué pasó luego? —me dice—. Límpiate la sangre.

—Pues lo único que uno puede hacer cuando cae. Aprender a disfrutarlo. Has pasado el trago más amargo. Entonces te arrastras por el suelo. Siempre he creído que lo bueno de estar abajo es que ya no tienes que pretender nada. Estás abajo y ya no puedes defraudar a nadie. Ya no puedes decepcionarte a ti mismo.

—¿Y quién es ella? La “chica Milán”. No habías hablado nunca de ella.

—Ya, no. Oye, gracias por venir por mí. Pensé que tal vez estarías ocupado. O algo así.

—Estaba pintando, terminando un cuadro.

—Ya.

—¿Quién es la “chica Milán”?

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

3

—Trabajamos en la misma editorial. Fue un poco antes de que me echaran. La primera vez que la vi estaba recargada en un coche en el estacionamiento y por la forma en que estaba recargada en ese coche parecía que estuvieras viendo una ametralladora recargada en una pared. Se le acercaban los chicos de siempre, ya sabes, chicos que no conocía y chicos con los que ya había estado. Y ninguno de esos chicos le interesaba de verdad. Los chicos de afuera eran los únicos que le parecían un poco mejores, igual que siempre te parecen mejores los paisajes del extranjero. Supongo que por eso se fue a Milán.

—¿Y qué más?

—¿Seguro que no estabas ocupado?

—No, estaba pintando. Ya te lo dije. Pero igual necesitaba dejarlo un poco. Me empezaban a doler los ojos.

—Vale. Lo que sé de ella es que una vez estuvo en un tipo de relación rara con un profesor que se suicidó porque tenía cáncer y no quería esperar a ver cómo su cuerpo se devoraba a sí mismo. Y eso la marcó. Lo que sé de ella es que le dio a ese tipo lo que un hombre puede esperar de una chica pero él nunca la trató muy bien. Supongo que él actuaba así porque en realidad estaba asustado y quería que ella también estuviera asustada. Porque a veces el miedo es la forma más intensa de unirte a alguien.

Y en mi cabeza, Thom Yorke dice:

4

—Otra cosa que sé de ella es que solo le gustan las canciones tristes. Y creo que su hermana se casó con un médico que cura usando solo música clásica y escuché que su padre le prendió fuego a su perro una vez. Los vecinos decían que no era una familia normal. Pero era una familia con un montón de dinero y en ese caso, como sabes, no importa si son raros o no. Ella siempre decía que hubiera podido manejarse muy bien solo con un par de desgracias pero que la vida que le tocó sencillamente la dejaba sin opción. Yo le decía que el origen de sus problemas eran sus zapatos rojos y ella se reía. Lo que sé de ella también es que los chicos que querían entenderla o quererla o unirse de algún modo a ella tenían que entender que eso no iba a suceder. Que ella es como una mina que solo sirve para destrozar a un buen soldado a la vez.

—Ya. ¿Y por qué la dejaste de ver?

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

5

—Bueno, ella decía que para mí todo giraba alrededor de mis personajes y no de la gente real. Que yo no era una persona sino muchas personas y que no todas le gustaban. Y que cuando no pensaba en eso entonces pensaba que todo giraba en torno a mí. Que era la típica mentalidad de escritor. Y casi siempre la de un escritor mediocre. Decía que hay por lo menos tres millones de cosas que no dependen de mí y que por lo tanto no puedo cambiarlas y que todas son importantes. Y decía, creo que en broma pero quizás no, que las cosas que no dependen de mí no voy a poder cambiarlas nunca y que las otras, las que sí están a mi alcance, lo más seguro es que tampoco pueda. Y también decía que yo nunca estaba en las fotos.

—¿En qué fotos?

—En todas la fotos. Decía que yo no era alguien con quien se pudiera contar. Que eso quedaba claro cuando se ponía a mirar las fotos de nuestros viajes y yo no aparecía en ninguna. Viajamos mucho juntos. Por trabajo, quiero decir. Y decía que en las fotos solo estaba ella. Como si solo hubieran sido sus viajes. La única foto donde yo estaba era donde aparecía dormido en el avión. Era todo. Y yo le decía que no me gustaban las fotos. Las de ella sí pero las mías no.

—¿Y qué decía ella?

—Que dentro de muchos años yo iba a poder negarlo todo porque no había pruebas. Y que eso la hacía dudar sobre la fe que yo tenía en “nosotros”. Yo siempre le dije que podía hacerme una foto cuando quisiera pero ella decía que ese no era el problema. Que el problema es que quería verme junto a ella dentro de un montón de años y que yo estaba luchando por no estar ahí.

—¿Y lo hacías intencionalmente? Me refiero a no estar en las fotos.

—Bueno, entonces le decía que no pero ahora pienso que sí. Supongo que en realidad no quería estar en sus fotos dentro de un montón de años. Pero es que dentro de un montón de años no quiero estar en ninguna parte.

Y en mi cabeza, Thom Yorke dice:

6

—Ya, entiendo —me dice—. Vamos a fumar —Luego saca papel y hierba y en menos de un minuto lo tiene listo—.

—Vale —le digo—. Ella también hablaba de la casa que tendríamos. Del jardín lleno de perros, de los techos altos. Y mientras ella hablaba yo iba recorriendo mentalmente los cuartos de esa casa inexistente con el mismo miedo que a veces recorro las cosas reales. Un día le pregunté por mi cosas, que cómo estaban acomodadas en esa casa imaginaria. Y ella dijo que mis cosas siempre estarían empacadas. Las suyas acomodadas pero las mías siempre en cajas y en maletas y en bolsas. Porque yo siempre iba a querer huir. Y yo seguía recorriendo esa casa mentalmente, buscándome, y no veía nada mío. Como si no viviera ahí.

En mi cabeza, Thom Yorke dice:

7

—Ten, fuma. Y límpiate la sangre.

Luego viene la subida de la hierba y de inmediato el momento de contemplación y el momento de sentirte bien sin saber decir cómo te sientes. Porque no es bien, es diferente. Y sentirte diferente siempre es mejor que no sentir nada.

—La última vez que la vi me dijo que al principio necesitaba estar sola aunque quería estar conmigo y que ahora en cambio necesita estar conmigo aunque quiera estar sola. Era una queja. Pero un par de días después de decirme eso renunció, le dijo adiós a todo, aunque en realidad no se despidió de nadie, se compró un boleto para Milán y no he vuelto a verla.

—¿Y qué vas a hacer?

—Nada. Al parecer fuimos increíblemente felices en esos viajes que ella recuerda. Aunque no haya fotos que lo demuestren y aunque yo no lo recuerde. No recuerdo los viajes ni recuerdo que hayamos sido felices. De hecho empiezo a olvidar muchas cosas que se supone que pasaron. Ella insiste en que ese es el problema de que no haya fotos. Que lo vamos a olvidar todo.

—Otro problema de las fotos es que no puedes hacerlas cuando las cosas ya pasaron.

Luego fumamos.

—Otro problema de las fotos es que no puedes hacerlas si las cosas nunca pasaron.

Luego fumamos.

—Otro problema de las fotos es que no puedes hacerlas si las personas no existieron.

Y cuando terminamos de fumar, él me pregunta.

—Ella no es real, ¿cierto? Nos la estamos inventando.

Y en mi cabeza, Thom Yorke dice:

8

Y abajo la gente pasa. Pensando que va a algún sitio. Que se mueve para algo. Y yo me miro en el reflejo de la ventana.

Y miro mi cara sangrando. Y me miro hablando solo. Respondiéndome. Fumando.

Y este día vuelve a ser igual al resto de todos los días. Con gente inexistente teniendo conversaciones inexistentes en mi cabeza y en Milán y en cualquier otro lado.

@ernestvail

Ven y llámanos como quieras

Logo-Cerebro-Papel-LM-OK-3

Llámanos millennial. Llámanos Generación Y. Llámanos como quieras. Ven y ponle una puta etiqueta. Como has hecho con casi todo. Etiquétalo para que lo entiendas. Al final no somos más que la vieja mierda. Mismos miedos en nuevos formatos. Historias antiguas de anhelos y fracasos. El pánico a la nada. La soledad y la muerte. La rabia. El puño en la cara. El vacío. La caída frecuente. Constante. El absurdo que no para.

Pero tú ven e inténtalo. Llámanos Generación Xanax. Llámanos Generación Anestesiada. Di que somos un blog literario. Di que publicamos buenas frases en Facebook. Di que nos sigues en Twitter. Di que te identificas con lo que escribimos. Di que te hacemos sentir algo. Y cuando hayas dicho todo eso te vas a dar cuenta de que te has equivocado.

Porque no escribimos para sentir. No escribimos para vivir. No escribimos para escapar. Porque no hay un sitio a donde ir. Porque cualquier salida es un trampa. Porque amamos lo que somos. Nuestro tiempo y nuestro espacio. Nuestra generación. Nuestro colapso.

Porque si escribimos es para poner en palabras nuestra angustia vital. Para ser lo que de otro modo no hubiéramos sido. Si escribimos es para controlar lo que se sale de nuestras manos. Las luces que se encienden y se apagan en el mundo. La noche y el día. La verdad y la razón.

Por eso ven y llámanos como quieras. Porque no escribimos para ti. Escribimos para reconocernos en la frontera del mundo, entre lo real y lo virtual. Para encontrarle sentido al tiempo. O para darle alguno. Para no ser solo un perfil de Facebook. Para crear algo que trascienda nuestra existencia.

Pero tú ven e inténtalo todo lo que quieras. Porque si escribimos es por arrogancia. Porque podemos hacerlo. Trastornar con palabras la realidad. Para volverla atractiva. Para poderla soportar. Escribimos para dejar de ser un punto en el universo. Para olvidarnos de que justo ahora nos estamos muriendo.

Escribimos, sobre todo, para que las chicas se queden con nosotros incluso cuando la noche acabe. Y es por eso que estás aquí. Leyendo.

El miedo de hoy, el miedo de mañana

Screen-Shot-2014-11-19-at-08.39.05

Bueno, íbamos a ver la última película de Woody Allen de la cual todo el mundo está hablando y diciendo lo que todo el mundo suele decir de la última película de Woody Allen pero al final entramos a ver una película de zombies porque no estamos de humor para diálogos ingeniosos y cultos y para comentar después algo sobre la fotografía o las referencias intelectuales de las que se supone que se habla tras ver una película de Woody Allen. Así que nos pasamos dos horas viendo cómo un grupo de gente tiene miedo de mezclarse con otro grupo de gente que supuestamente está contagiada y la pasamos muy bien y no tenemos que hablar después sobre ninguna clase de referencia intelectual que se nos haya escapado, lo cual siempre supone algún tipo de alivio.

Luego mientras caminamos le digo que nosotros somos como esa gente que tiene miedo de mezclarse con el otro grupo de gente y ella dice que a qué me refiero y le digo que yo por ejemplo no quiero mezclarme con nadie que considere imprescindible comentar una película de Woody Allen después de verla y ella dice que eso es porque a mí en general no me gustan las personas y como en eso tiene razón le digo que vale y seguimos caminando.

Luego por alguna razón comenzamos a hablar sobre el miedo. Tal vez por ver un espacio vacío donde antes había un edificio o tal vez por ver la cara de una mujer vieja y pensar que un día fue joven o no sé muy bien por qué. El caso es que comenzamos a hablar sobre el miedo.

–Todos nuestros miedos son distintos –le digo–. No hay miedos iguales. El miedo de hoy ni siquiera es el miedo de mañana.

Ella, en cambio, piensa que hay miedos universales. O eso es lo que intenta explicar.

–Es decir, no muchos miedos pero sí el miedo de todos –me dice–. Ya sabes, el miedo a estar ahora y a desaparecer en un segundo. El miedo a hacerte polvo. La muerte. El fin de las cosas que conoces.

–Eso no es del todo miedo –le digo–. Es inconformidad. Nadie está de acuerdo en morirse. Amamos lo que somos. Nos gusta estar vivos por mucho que insistamos en negarlo. El miedo real son todas esas cosas de las que no estamos para nada seguros. Es decir, la muerte no me da miedo porque sé que va a ocurrir. Lo que me da miedo es saber, por ejemplo, si un día seré el tipo de escritor que quiero ser o si en cambio no seré nada.

—A ver, creo que puedo explicarlo mejor —me dice—. ¿A ti te dan miedo los aviones, cierto? Subirte y que estallen en el aire y todo eso.

—Pues sí.

―Pues ahí lo tienes. Tus miedos son inmediatos y tangibles. Los míos están vinculados a la naturaleza del mundo. Tus miedos empiezan cuando despegan los aviones y los míos cuando los aviones aterrizan.

Luego se queda callada un momento y luego dice:

―Oye, ¿y sabes qué es lo peor de todo?

Ella dice eso igual que dice un montón de cosas. No es que sepa qué es lo peor de todo. Lo dice como un recurso para ligar una conversación. Porque nadie sabe qué es lo peor de todo. Porque lo peor de todo es justo aquello que no sabes, el escenario desconocido, el colapso desbordado de todo lo que pensabas que podía salir mal.

─Lo peor de todo, cariño, es que no estás escribiendo ─me dice─. Lo sé. Sé que tienes ese talento y que no lo estás aprovechando. Te pasas los días pretendiendo. Hablas de escribir. Piensas en escribir. Pero no escribes una mierda. Nada. Cero.

Bueno, sí, ella puede ser cruel, un tipo de crueldad vivificante. Una crueldad honesta. Una parte de eso lo aprendió de mí y otra la desarrolló ella misma. Supongo que es una cualidad de su género.

Me dice eso mientras llegamos a un centro comercial y luego entramos a una tienda especializada en maquillaje y luego una vendedora le ofrece a ella un kit de sombras con veintitrés tonos de rojo y a mí otra vendedora me aplica una prueba de loción para abrir los poros.

─Los escritores tenemos el oficio de callarnos ─le digo─. Nuestro trabajo fundamental es estar callados mucho tiempo. Cuando yo era pequeño metía la cabeza en el agua para ver cuánto resistía. Eso es lo que hacemos los escritores. Meternos debajo del agua y ver cuánto aguantamos. Y luego eso lo escribimos. Nos pasamos una semana o tres años sumergidos. Luego salimos y escribimos cómo fue eso.

Se lo digo mientras reviso Facebook en mi iPhone, sentado en un sofá donde uno se pone esperar a que las chicas tomen diferentes lápices y pinceles y los apliquen como si sus rostros fueran un lienzo. Y la miro a ella, y miro sus piernas y su cintura. Miro la energía que desprende mientras se maquilla, como una diosa preparándose para derrumbar un imperio. Luego sigo revisando Facebook y cruzo una pierna sobre otra y ella me dice que solo prueba un par de tonos más y podremos irnos y yo le digo que vale. Y sigo tomando notas en mi teléfono. A veces la vida es eso: dejar que el tiempo pase y te arrastre con él mientras tú tomas notas y trabajas en una historia.

Luego cambio de aplicación y voy a Spotify y pongo el tercer disco de Animal Collective. Me gusta Animal Collective porque pueden controlar el caos, dirigirlo, encausarlo. Que se compacte y el estallido sea brutal. También esas son las mejores historias, pienso. Las que se contienen hasta que las palabras colapsan y te dicen cosas para las que no estabas preparado.

Luego nos vamos. Me refiero a que salimos de la tienda especializada en maquillaje y vamos a una tienda de trajes. Yo no sé muy bien para qué necesito un traje pero ella está empeñada, así que al parecer tengo que tener un traje y hasta una corbata, y de hecho no está mal porque una vez que me lo pruebo descubro que dentro de un traje soy definitivamente otro y ser otro siempre es bueno.

Así que delante del espejo tengo que reconocer que durante todo este tiempo he menospreciado la importancia de vestir bien y que vestir bien es tan importante como hablar bien y escribir bien y morir bien. Vale, nadie muere bien pero ya saben a qué me refiero. Y el vendedor pregunta si probamos con otra corbata y le digo que vale, que probemos, y por supuesto que ella se ríe porque parezco un hombre asustado por no reconocerse con su traje nuevo. Probamos con otra corbata y el vendedor dice perfecto y ella dice perfecto mirando más al hombre del espejo que a mí mismo y finalmente yo digo perfecto mirando al mismo hombre que ella ve.

Después cenamos en un elegante restaurante del tipo donde es difícil pronunciar lo que se ofrece en el menú, después vamos a casa y lo hacemos tres veces y después, finalmente, nos quedamos dormidos.

@ernestvail

Nuestros vicios similares

Drive-LM

Están a punto de matarme. Lo sé porque he hecho cosas de las que nadie estaría orgulloso. Cosas que algún día tenía que pagar. Pero ahora todo eso no importa. Porque afuera golpean la puerta.

Entonces ignoro el caos exterior  y me siento frente a la computadora y observo el departamento. Huele a podrido. Hay colillas acumuladas en el librero, la mesa y el atril. En el piso la ropa sucia se mezcla con envolturas del 7 Eleven, y en el escritorio, junto a una pila de bocetos, pastillas de colores delatan mi estado de salud.

Y entonces abro Word y tecleó su nombre. Quisiera escribir una carta pero en realidad nunca me han gustado las cartas. Luego cierro el documento y abro mi mail. Pongo su correo, dejo el asunto en blanco y escribo la primera línea. Pero no hay nada en esa línea. Mi cerebro no está concentrado. Por mi cabeza solo pasa la idea de la ausencia como vicio similar. De la distancia como protocolo de emergencia. De cómo mantenerla lejos es la mejor forma de evitar que se hunda conmigo.

Pero ahora no puedo pensar en eso. Tengo que ser rápido. Escribir para protegerla. Y lo intento de nuevo. Hay algo de lucidez en esta pulsión de muerte.

Entonces escribo sobre nuestros fracasos, de los evidentes y de los que no han llegado. Sobre furia y decadencia. Y cuando escribo esto, mis piernas comienzan a desaparecer. Lo hacen lentamente, de los pies a la cadera. No hay dolor ni extrañeza. Solo se han ido y al parecer no las necesito porque sigo escribiendo.

Y ahora falta menos.

Debo ser conciso. Debo decirle que este tiempo a su lado ha sido inquietante y revelador. Que estar con ella me enseñó que el silencio después del sexo es un leguaje y no una consecuencia. Y que todo esto —los dedos sobre el teclado, el fuego contenido, la confianza delicada— es una mentira que nos decimos para no deshacernos.

Y cuando termino de escribir esto, mi torso empieza a desaparecer. Aún escucho el latido de mi corazón pero no hay rastro físico de él. Solo quedan mis manos y cabeza. Y sé que es cuestión de minutos antes de desvanecerme pero mis dedos todavía responden. Y sigo escribiendo.

Afuera se escuchan gritos. Tratan de entrar a la fuerza. Golpean la puerta tan duro que no va a resistir por mucho. Los libros caen al suelo y el aire se transforma en polvo.

Y ya no queda tiempo. Por eso tengo que irme.

Entonces escribo un final. Un despedida para recordarle que la vida no es nuestra. Que es solo la historia que hemos contando de ella. Y justo al terminar de teclear esto, mis manos y cabeza comienzan a desvanecerse. Y antes de que suceda por completo, con el último dedo de mi mano derecha, alcanzo a darle enviar.

La gravedad que Newton olvidó

Untitled-1

Estoy en el aeropuerto. Otro viaje. Otro dolor. La ilusión de la geografía. De avanzar. De estar llegando a alguna parte. De largarte. Como si no supiéramos que todo movimiento nos hace daño. Como si no supiéramos que moverte implica desplazarte en el tiempo. Una fuerza de atracción natural hacia el deterioro y la muerte. La gravedad que Newton no descubrió.

Estoy a punto de viajar al otro lado del mundo y me pregunto si allá estará lloviendo y si las personas saludan diferente y si se medican contra el dolor o si se medican contra el tedio.

Y hay una chica sentada a mi lado y yo espero que no me hable y creo que no me hablará porque tiene la mirada perdida en su iPhone y habla con su novio o con su médico o con su madre o con un extraño de otro continente. Pero me habla. Dice que la bolsa delantera de mi maleta está abierta. Y es cierto. Y mientras la cierro, ella dice:

─Es curioso. La gente en los aeropuertos camina como si no supiera que afuera de estas salas de espera el mundo existe. Podrían estar viviendo en la luna y daría mismo.

─No hay tanta diferencia entre este aeropuerto y el mundo de afuera ─le digo mientras me acomodo las Ray-Ban y miro cómo cruza una pierna sobre otra─. Puedes creer que sí pero lo cierto es que no hay tanta. En realidad el mundo es una gran sala de espera. Ya sabes: naces, creces y te amarras los zapatos todas las mañanas del resto de tu vida hasta que un día te enfermas y te mueres. Luego solo hay polvo estelar. Y ese mismo proceso de deterioro se ha repetido y se repetirá con todas las personas que quieres. Es cuestión de esperar. Es solo tiempo. Y el desenlace del tiempo siempre es la muerte. Una historia bastante aburrida, la verdad.

─Vaya, no es la mejor conversación que podríamos tener antes de subirnos a un avión ─me dice mientras se ríe y se limpia de la nariz una gota de sangre. Lo hace de un modo tan discreto que uno piensa que debe haberlo hecho cientos de veces para que casi nadie lo note.

Yo no menciono nada sobre la sangre ni me río con ella. Aunque lo cierto es que me gustaría sonreírle. Y de hecho me esfuerzo. Pero el gesto no me sale. Lo que me sale es una cara descompuesta, como un idiota cansado. La cara de un dios angustiado.

Y luego ella dice que es profesora de Algo en la Universidad de Algo y yo digo que eso está muy bien y me acomodo las gafas. Y me dice algo acerca de la forma en que hemos evolucionado las personas y la escucho un poco pero luego mi iPhone vibra y lo tomo y volteo a ver la pantalla pero sin concentrarme en absoluto en lo que dice el mensaje. En realidad, hago lo que hacemos todos: no veo mi teléfono para informarme, lo veo como si celebrara un ritual moderno: agacharte, rendirte ante la pantalla. Desconectarte.

Cuando vuelvo a poner atención ella sigue hablando sobre la naturaleza humana y sobre la forma en que hemos evolucionado. Y yo vuelvo a mirar mi teléfono mientras le digo que en realidad somos criaturas que no deberíamos existir, seres que operamos bajo la ilusión de tener una identidad, programados con la total garantía de que somos alguien cuando de hecho todos somos nadie. Y le digo que lo más honesto sería negar esa programación. Dejar de reproducirnos. Caminar de la mano hacia la extinción.

Luego ambos nos quedamos mirando a la gente correr por los pasillos, personas viniendo de ningún lugar para ir a ninguna parte, y entonces su teléfono suena con un timbre medio infantil y lo revisa y lo mete de nuevo a la bolsa de su abrigo y me dice:

─Es contradictorio que pienses eso y que en cambio hayas vivido tantos años. Debes tener por lo menos 27. Quiero decir que debe haber algo que te haga levantar cada mañana.

─La respuesta, obviamente, es mi programación ─le digo─, la ilusión de estar haciendo algo cuando en realidad estoy repitiendo un ciclo. Los mismos sueños y las mismas ambiciones que ya han tenido miles. Y no tengo valor para suicidarme.

Ella me mira con una mezcla de ternura y compasión. Esa mirada que las mujeres tienen cuando ven a un gato o a un perro desamparados. Una conexión maternal. Empatía ante la desgracia. Y aunque no puede ver mis ojos porque tengo puestas las Ray-Ban, estoy seguro de que intuye que hay algo de juego en lo que digo, que he aprendido a manipular las palabras para colocarme en la posición del chico que necesita ser salvado. Soy un gato en adopción. Un perro abandonado. Un revolver con balas de lástima.

Sin embargo me pone nervioso la forma en que no para de limpiarse la sangre que sale de su nariz. A estas alturas ya debe saber que lo he notado. Me da igual porque en ese momento mi teléfono vibra de nuevo y es un Whatsapp de M. Dice que al final estará libre y que podrá recogerme cuando baje del avión. Yo le digo que vale y le digo que gracias y le digo que estoy aburrido y M me pregunta si aburrido en el aeropuerto y yo le digo que aburrido de todo lo que hubo antes y de lo que habrá después del aeropuerto y M dice que descanse un poco durante el vuelo y yo le digo que vale otra vez y guardo mi teléfono.

M es una chica especial. El tipo de chica que te dice que la soledad no te enseña a estar solo sino a ser único y que te dice que el mundo no es más que un “ninguna parte” universal y que por eso nunca tenemos adonde ir.

El caso es que cuando guardo mi teléfono la chica del aeropuerto me pregunta si tengo papel higiénico y le digo que no y luego volteo a verla y tiene una hemorragia severa que no puede contener con su mano y la sangre le ha ensuciado los dientes y mientras habla su aspecto es tétrico y de algún modo poco real y le digo que voy a pedir ayuda y dice que no, que todo estará bien y saca una servilleta usada y de la servilleta saca un panqué rosa y se lo comienza a comer y con cada bocado le desaparece una parte del cuerpo, primero una pierna, luego otra, enseguida un brazo y al final donde estaba la chica del aeropuerto no queda nada. Solo un vacío rutinario.

Lo que sí queda es la servilleta arrugada con algo escrito en ella: “En la eternidad, cariño, nada puede crearse y nada cambia. Por eso la muerte inventó el tiempo para hacer crecer las cosas que luego mataría. El secreto es que nunca morimos, que siempre estamos naciendo. Naciendo en la misma vida. Y ese es el terrible destino. Estamos atrapados en esa vida en la que seguimos despertando”.

Lo siguiente que recuerdo es a mí llegando al otro lado del mundo y a M sonriendo en el aeropuerto. Y me recuerdo contándole lo que vi y la historia de la chica en el aeropuerto y le muestro la servilleta con el mensaje escrito y me dice que de hecho está escrito con mi letra y que, por cierto, tengo un poco de sangre seca en la nariz.

Le digo que tal vez es la señal de que algo se está transformando en mi cabeza, el aburrimiento evolucionando en pánico y el pánico en locura y al final vendrá la muerte. Y M me dice que siempre soy tan dramático, que tal vez solo podría ser la idea para una novela y que eso está fantástico.

@ernestvail